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Nacho, el socio y guía de Andes
and More en Argentina, tiene más de 16 años de trabajo en Aconcagua. Tiene 33 ascenciones de Aconcagua. 75% de sus grupos
llegan a la cumbre. Puedes leer los comentarios de algunos clientes
anteriores.
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Escrito por Adrian Gauno, argentino,
viviendo en Italia:
La verdad que necesitaría horas
y horas para comentarte lo bueno que es Nacho en su trabajo y muchas más aún para hablar sobre su persona. Soy argentino,
resido hace varios años en Italia pero mi amor por la montaña inició allá en mi país. Para cualquier argentino amante de la
montaña el cerro Aconcagua es un sueño del cual no te puedes liberar facilmente. Más allí de tratarse de la montaña más alta
del continente americano, se trata de un verdadero desafío físico y mental para poder abordarla. Hay muchos guías que trabajan
sobre este belleza de montaña pero pocos son capaces liderar un grupo heterogéneo, prepararlo adecuadamente desde el punto
de vista físico, psicológico y al mismo tiempo “divertirlo”, quitarle presión, ansiedad y transformar una seria
aventura en algo placentero, la llave de nuestro grupo fue Nacho!!!! En mi caso llegué a Mendoza y através de la agencia que
contraté, me encontré con 3 compañeros de aventura, 2 suecos, 1 suizo y yo para cerrar el grupo. Es fácil imaginar la heterogeneidad
de ambiciones, de físico y de objetivos. Sin embargo Nacho fue ordenando estas heterogeneidades con el correr de los días
y así fue que conformamos un grupo sólido, de mutua ayuda, de comprensión. Nacho nos preparó, buscando la mejor forma para
cada uno de nosotros, hasta incluso ordenándonos en la forma justa en la fila india que día a día conformabamos subiendo los
cerros vecinos. Él fue nuestro estratega, finalizando con la cumbre para los 4, guiados por Nacho un verdadero Lider, Amigo,
Compañero. No te imaginas lo difícil que es tratar de describir una persona en pocas palabras. Para mí, Nacho es un referente,
una persona a la que quiero, a la que como Amigo lo llevaré por siempre en mi pensamiento, en mi corazón.
Escrito
por Pablo Corvalán de Argentina:
¿Cómo
es Nacho en su trabajo?
Creo
que de los guías de montaña que he conocido, Nacho tiene una particularidad muy especial que no es común en la gente que realiza
este trabajo.
Primero,
pese a su corta edad (35) tiene una gran experiencia en la montaña y especialmente en Aconcagua, dado que empezó muy joven
y lleva un montón de años trabajando todas las temporadas ahí.
Segundo,
su forma de ser llana, sin rebusques, sincero, hace que todo el mundo y en todos los campamentos que estuve con él, lo conozcan,
lo quieran, y por sobre todo lo respeten.
Nunca
escuché en ningún lado, en ninguna montaña, en ningún campamento, un comentario negativo sobre Nacho, su cualidad profesional
y personal. También vale decirlo, jamás le he escuchado decir a Nacho nada, pero absolutamente nada malo de nadie.
Todas
estas cualidades que son importantes no son justamente la que a mí me llamó más la atención, y que claramente lo distingue
del resto. Nacho es una persona preparada, culta, que a través de sus pocos años ha acumulado una gran experiencia de vida,
que tiene una amable y profunda charla, que invita a pensar, y que hace que el viaje que uno comparta con él no sólo sea en
la búsqueda de una cumbre, sino que de a poco en las largas horas de caminata y eternas horas de convivencia, el viaje también
se transforma en una experiencia hacia la cumbre interior de cada uno.
Nacho
es una persona que tiene valores, que no claudica ante la peor de las adversidades, y que es capaz de dar todo, absolutamente
todo por aquella persona que está a su lado.
Yo
soy prueba fiel y palpable de lo que digo. Hoy no estaría vivo si no fuera por la decidida y generosa actitud que tuvo Nacho
de jugarse absolutamente, en una circunstancia muy desventajosa, exponiéndose a perder su propia vida con el único objetivo
de intentar preservar la mía. (Nota: Pablo se cayó y Nacho pasaba la noche calentando Pablo con el calor de su propio
cuerpo y moviendo sus extremidades para prevenir la congelación hasta pudo seguir su descenso.)
Te
aseguro que él no dudó, que no tuvo que pensar, y de hecho, puso en juego su vida, su integridad y su salud por cuidarme,
por acompañarme, por no dejarme solo.
Si
te lo puedo sintetizar de alguna manera, te diría que junto con Nacho me animo a hacer una expedición al infierno, y sé que
de última, si nos pasa algo, los dos saldremos chamuscados. O te lo pongo de otra manera: si la vida me pusiera ante la encrucijada
de decidir a quién confiar la vida de mis hijos, no tendría dudas en decirte que Nacho es la persona indicada.
Como
verás, estos valores no son muy comunes, no ya entre los guías de montaña sino entre el común de la gente.
No
sé si serán muy importantes mis comentarios para que alguien decida contratar o no a Nacho, pero sí puedo asegurar que aquél
que lo conozca y pueda compartir con él una expedición hacia afuera y hacia adentro, no va a volver a su casa siendo la misma
persona.
(Si
tengas algunas preguntas o dudas, Pablo dice que puedas mandarle un e-mail para hablar con él directamente. Si quieras su
dirección electrónica, mandar un e-mail a Andes and More para pedirle. gillian@andesandmore.com )
Escrito por Manolo Lopez de Argentina:
Yo tuve una muy
linda experiencia con Nacho. Fue muy responsable con su trabajo y personalmente tuve mucho confianza en él por lo cual fue
importante. A la hora difícil, siempre confié. No tuve miedos solo hacía lo que él me decía lo cual lo hace con convencimiento
y autoridad que creo que se logra solo con conocimiento y experiencia, y conciencia en lo que se hace ,sobre todo, cuando
está en juego algo tan importante como la vida y en un medio tan duro como la montaña.
Escrito por Juan Luis Sanchez, español,
viviendo en Suecia:
Nacho es un buen profesionál
y se toma todo lo que hace con seriedad y responsabilidad.
Escribe por
Andrea Fernández, del diario argentino Ámbito Financiero
Ignacio Lucero se lanzó en solitario a
ascender el Gasherbrum II, una de las 14 montañas más altas del mundo.
“Una montaña de 8.035 metros…y yo, enfrentándola
más solo que el Principito”. Aunque el asteroide B612 parece aún más pequeño ante los dichos de Ignacio
Lucero cuando hablamos del Gasherbrum II, uno de los 14 picos más altos del mundo, y al que este
instructor y guía de montaña mendocino decidió desafiar este año en solitario, sin porteadores y sin oxígeno adicional. El
primer argentino en hacerlo.
Capacidad de sufrimiento. Conocer los límites. Ser consciente de cuáles son
las prioridades. Aceptar que a veces no se puede llegar a la cumbre. Frases que continuamente aparecen en el relato de esta
aventura de 50 días y a la que aquellos que no conviven con la altura bien podrían agregarle signos de interrogación…además
de la pregunta inefable (¿locura?), ante la respuesta repetida hasta el hartazgo (“no, estilo de vida”). Es que
los montañistas adoptan códigos irreverentes ante los que juegan, cada tanto, a querer escalar. Ignacio no
conoce lo agradecidos que están los oficinistas cuando llega el viernes…porque su escritorio en el Aconcagua
funciona del 15 de noviembre al 15 de marzo. Ese es su viernes, el preámbulo de las vacaciones, en las que, ante los ojos
asombrados de quien se saca la corbata por un rato para ir a la playa, quienes juegan a ser pájaros deciden subir montañas…y
si es posible las más grandes, las mejores, las más complicadas. “Para los montañistas de Mendoza es muy difícil
llegar a una montaña grande por la logística, el tiempo y la inversión que esto representa. Fue complejo, pero yo estaba decidido”,
asegura “Nacho”, quien pensó primero en Alaska y después en Africa,
hasta finalmente decidirse por Asia. Así fue que en junio y después de varios meses de preparación, dejó
la Mendoza que lo vio ojear, escondido, las inspiradoras fotos de su abuelo esquiador cuando aún no había
llegado a la adolescencia, y saludó a su madre (aquella que –según sus propias recomendaciones- lo tendría que haber
atado a un árbol cuando decidió anotarse en un club de montaña). A los 35 años, cuando se dice que un profesional de la altura
alcanzó la madurez suficiente (a nivel técnico, de fortaleza mental y de experiencia), para encarar este tipo de desafíos,
Lucero se lanzó a hurgar ese mundo sin baobabs, ni rosas ni corderos.
El periplo había comenzado. Mendoza, Buenos Aires, Londres, Islamabad
hasta Skardu, el pueblo más cercano al Gasherbrum II. Allí en la expedición aún se hablaba en plural.
Para lo que se denomina el trekking de aproximación Lucero contó con una logística programada: nueve personas
con sesenta porteadores. Oportunidad única para hacer algo que no es usual para quien está acostumbrado a preservar a la gente
cuando trabaja: darse el placer de caminar casi con las manos en los bolsillos. Los picos más imponentes se aparecían,
y tras contemplar el K2 y el Hidden Peak y cruzar el glaciar de Baltoro,
se entra en el Abruzzos donde se encuentra el campo base (5200 metros). Es el momento en el que el “nosotros”
de la expedición pasa a ser el “uno”, donde la soledad se antepone en esta montaña que usualmente se escala en
equipos.
Aparecen las tácticas y estrategias, pese a que hace años los términos bélicos
dejaron de utilizarse en el lenguaje de la montaña (ya no se “ataca” la cumbre, sino que se “tira”).
Pensar, pensar y pensar…verbo usado recurrentemente. ¿Habrá algún momento en el que un montañista no piense? El plan:
usar esa base para aclimatación, mientras que iba moviendo los equipos (en dos partes, de unos 20 kilogramos cada una) a un
campo intermedio (son cuatro en total)…mientras que esperaba que los demás desafiantes del Gasherbrum
equipasen la montaña con cuerdas. Así pasaron los días…caminando al punto 1, durmiendo en el intermedio; levantando
carpas para dar el siguiente paso. Siempre debía haber dos campamentos armados, equipos dobles por si la huida llegase a ser
necesaria. El tramo de la base al I no es técnicamente complicado, pero las grietas lo tornan peligroso. El terreno
hasta el II tiene una pendiente muy vertical, nieve con una pendiente helada de 60°, en las que las cuerdas fijas fueron el
ascenso más rápido y seguro. Pero la elección es determinante: nunca se sabe cuál fue puesta recientemente y cuál está allí
desde hace años esperando escaladores.
Amplitud térmica, otra constante. En el día se podía llegar a los 40°, para
descender a ---20° por la noche. “El Aconcagua fue una buena escuela –asegura Ignacio-,
porque se dan las condiciones de frío y viento extremos que se pueden comprar con las de estos ‘ocho mil”’.
En los días de aclimatación, la angustia del lápiz solitario se desparramaba por las hojas de un cuaderno que siempre lo acompaña.
Rezagos de un casi licenciado en Letras que encontró que era más gratificante relacionarse con las palabras en la altura que
en los bancos de un aula, ya sea como alumno o profesor.
El ser humano no controla la naturaleza. Ella domina, acapara, y es el punto
decisivo para estar alerta a cambiar los planes. Y pese al pronóstico de mal tiempo, Lucero se movió al campo
3 (6940 metros) siguiendo las expediciones, una altura a la que nunca había dormido. Al día siguiente, todos comenzaron a
descender, el mal tiempo se avecinaba y muchos no quisieron enfrentarlo. El protagonista de esta historia decidió resistir,
esperando la “ventana de buen tiempo”, esos períodos cortos que deben aprovecharse antes de que se cierren otra
vez por una copiosa nevada. “¿Alguna vez pasaste sola dos noches en una montaña?”, le preguntó
el entrevistado a la periodista, quien tuvo algunas experiencias en la altura, pero nunca en solitario. Por lo menos había
podido compartir sus más hondos pensamientos con personas con las que se había relacionado de una forma que hasta hoy seguía
vigente. No imaginó como sería no tener con quien hacerlo. Toda respuesta ante alguien que le había dicho un día a la muerte
“acá estoy” para cuidar la vida de su amigo parecía pequeña, sin sentido. Así que a veces mejor callarlas e intentar
aprender qué cada vez se pueden descubrir más formas de pasar esta vida, aceptando que siempre hay puntos de no retorno. Este
era uno. Era tan peligroso subir como bajar. Ya habían pasado tres días y “la cabeza te juega en contra, es
el límite del cuerpo, del combustible, de la comida. Todos bajaron y yo me quedé jugando con ese límite, algo que hago conmigo
mismo pero jamás lo haría guiando a otros”. A esa altura el cuerpo no se recupera, siempre se va deteriorando
aunque se esté en condiciones óptimas. Habían pasado varios días, las fechas y las horas eran difusas y la coordinación para
llevar a cabo el programa era cada vez más difícil…pero decidió seguir subiendo. El campo 4, a 7400 metros, lo esperaba.
La idea original era “tirar” cumbre al otro día, pero “ante la duda, no hay dudas” en
la montaña, y al no encontrarse en las condiciones exactas se quedó. “Ese fue el error”, comienza
a resonar el autoreproche. Otros grupos de expedicionarios se sumaron a ese punto, ahí el efecto psicológico es determinante,
es la seguridad que otorga no sentirse aislado (pese a que se dice que los montañistas siempre viajan con un ángel al lado).
La madrugada era el momento justo para partir. Y así fue.
¿La cumbre o la vida?
“Comencé a subir. Delante de mí había dos personas que
abrían una huella. La acumulación de nieve era excesiva. Detrás de mí también percibí gente. Pero se me habían enfriado los
pies. Mientras duelen no hay problema, porque significa que hay circulación. El dolor lo soporto…pero luego de dos horas
no los sentía más”. Comenzó a soplar el viento, el cielo se cubrió de nubes, el tiempo cambia rápido. Asegurar
la cumbre. Esa era la misión, para eso se había lanzado ese día. Pero ¿a qué se puede llamar seguro en la vida? Nada lo es
y menos aún cuando se está a más de 7 mil metros.
Correr los límites es un juego, pero la cuestión lúdica finaliza cuando algo
se pone en riesgo. Pese a los intentos por recuperar el calor, los pies seguían sin responder. Cuánto más cerca se está de
los 8 mil, los movimientos son cada vez más lentos, comienzan a surgir otros problemas, se piensa distinto y no se mantiene
la objetividad. Restaban 300 metros, poco para quien está en la ciudad, pero un trayecto de más de cinco horas para un cuerpo
ya desgastado. “Miré para arriba, acepté que no podía, que tengo prioridades, saludé a la cumbre –aunque
no sabía si algún día podría volver a estar allí-, y me di media vuelta”, y como si le estuviese dando la espalda
a un gran amor, Ignacio lloró. A 7740 metros de altura, formateó su cerebro y estableció su nuevo objetivo:
llegar vivo a la base. Extremadamente cansado y al límite, había que recuperar los pies y mantenerse sano. En dos horas y
media encontró su carpa, con las extremidades congeladas. La recuperación no fue fácil…aspirinas, vasodilatadores, la
sensibilidad alterada en forma permanente y un dolor que duró diez días. No podía pasar una noche más allí, las fuerzas se
agotarían y ya no iba a poder descender por sus propios medios. No tenía ni comida ni gas. Por un acto de inconsciencia, más
que de altruismo, había regalado sus últimas cargas a unos franceses. No sabía lo que hacía. A esa altura uno es dueño de
su vida, de sus cosas, y los actos de generosidad son escasos. Las posibilidades de error no existen. Nadie iba a ir por él.
Y así lo que había sido un ascenso de días se transformó en un rápido camino de regreso a la base. El cementerio de carpas
que había visto no le había gustado, así que decidió cargar todos los equipos de vuelta. Las cuerdas se volvían interminables
ante una capacidad motora que a duras penas podía hacer un trabajo consciente. En el campo 2 encontró una carpa armada y se
quedó. Era de unos italianos que habían dejado sus reservas. Allí recordó como un queso puede transformarse en lo más hermoso
ante una experiencia extrema. Tras una noche de descanso esperaba el último paso: desarmar el campo 1, cargar todo. El equipaje
subía de peso, pero él ya había perdido 10 kilos. Cada paso puede ser traicionero, de hecho lo fue en una grieta en la que
le dieron una mano salvadora. “Estoy rodeado de ángeles que siempre me ayudan. Temo al día en que tenga que
pagar todos los favores”. El jefe de los porteadores lo fue a buscar, quiso llevar su mochila, pero para Lucero
el camino no había terminado. Había subido solo y tenía que llegar de esa misma forma a la base. Y así fue, entre reproches
y lágrimas, entre pensamientos de que su estrategia había sido correcta, que la tendría que haber adelantado un día, así llegó.
“Hoy se ve muy distinto, pero yo me merecía lo que sucedió. El final del juego es llegar a la cumbre, pero mis
prioridades fueron otras. Mi alivio es saber que el año próximo volveré, ya encontré la forma. Tengo fecha para el regreso,
pero esta vez no será solo. Ya tuve la experiencia. Ya no es un reto, habrá que buscar otro”, dice el montañista.
“El Principito subió una alta montaña. Las únicas montañas
que había conocido eran los tres volcanes que le llegaban a la rodilla. Usaba el volcán apagado como taburete.’Desde
una montaña alta como esta, se dijo, veré de un golpe todo el planeta y todos los hombres’”. ¿Será esa la razón por la que los montañistas viven buscando cumbres?
La aventura no terminó en Pakistán. Después del ascenso, en junio, siguió una
travesía que lo llevó a la India, cruzando la frontera caminando, en taxi y en tren. Fue una de las 180 personas que se visaron
en ese límite en un año. De Delhi a Bombay, de allí a otros puntos, en los que aprendió que en la India los contrastes son
más resonantes. Gente con honor y gente que sólo conoce la cultura del atropello. “Si no sabés adonde vas ni que querés,
la India es el lugar perfecto para perderse, en forma literal y metafórica”, asegura “Nacho”, quien tiene
una concepción muy lúdica de la vida, aunque insista en que se la toma en serio, además de reconocer que cada vez que no sabe
llegar a un país sin buscar un punto para escalar. Así fue al Mont Blanc de Francia entre otros picos de América, Europa y
Asia. “Mi vida cotidiana es esto…yo lo elegí, como para otros es ir a trabajar. Aunque generalmente se ve más
verde el jardín del vecino –reflexiona-. Mi vida es subir, bajar, escribir y pensar en la montaña-“.
Los días pasaron entre los contrastes de Oriente y de Occidente. De allí se
fue a Londres, donde estuvo por cuarta vez en un año y medio y ya no le encuentra sorpresa ante la gente y las casas monocromáticas.
Barcelona lo encontró con reuniones de trabajo. “Es difícil hacer entender a un europeo como es subir una montaña de
más de 5 mil metros, porque no las tienen. De allí que surgen las diferencias entre los escaladores. Los Alpes están todos
hechos, no tienen problemas y los europeos corren en la montaña. Por eso no logran comprender que nuestro ritmo es más lento.
Para durar”:
La vida siguió por Irlanda, Belfast, Dublin y Westfold. Infaltable el trekking
en algunos cerros que no superaban los 800 metros de desnivel. Las dos montañas más bajas que vio en su vida, además de terrenos
diferentes: hay verde, bosque y piedras resbaladizas. Pamplona, Porto, de vuelta a Londres…Buenos Aires y Mendoza. Esta
aventura comenzó en junio y terminó el 25 de octubre, con la vuelta a casa. Los planes ya están: el año que viene, duplicar
la apuesta con dos ocho mil. Los miedos, como siempre, quedarán mirando la Cordillera de los Andes.
Existen 14 montañas de más de 8 mil metros. Todas quedan en Asia,
Pakistán y Nepal. Cinco están en la Cordillera del Karakorum. El K2 es la que tiene mejor marketing…y también gran cantidad
de víctimas. Es la segunda montaña más alta y la más peligrosa.
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